Una visión espiritual de las Artes Marciales

 

Mucho nos sorprende encontrar grandes maestros de Artes Marciales ancestrales, de edades muy avanzadas, cuando, en cualquier deporte, a partir de los treinta, o a lo sumo, de los cuarenta años, los
practicantes están obligados a retirarse porque ya no pueden cumplir con las exigencias que se les demanda.

El origen de esta confusión, radica en la interpretación actual que tenemos de estas disciplinas milenarias, donde, en gran manera, potenciado por algunas famosísimas series y películas, tendemos a pensar que las Artes Marciales son deportes de contacto y que están intrínsecamente relacionadas con el culto al cuerpo. Y nada más lejano a la realidad.

Las Artes Marciales, tienen su origen en un concepto filosófico y, su evolución, en una búsqueda del perfecto equilibrio entre el cuerpo, la mente y el espíritu. No en vano, el nombre de la mayoría de ellas acaba en “do”, que significa camino.

Si nos fijamos, el camino que debe recorrer un practicante, le llevará a desarrollar unas cualidades personales, que le servirán para vivir una vida más plena y feliz, y esto sólo se obtiene cuando se logra un equilibrio y conocimiento profundo del propio ser. Para ello, es necesario convertir sus preceptos en una filosofía de vida.

Dado que estas enseñanzas tienen su origen en oriente, es lógico que pensar que su doctrina se base en los pensamientos y creencias de esos lares, donde defienden que la materia es controlada por el espíritu, y que el ser humano puede llegar a ese control con un constante entrenamiento de su cuerpo, la herramienta material que lo conforma. Así, con disciplina y perseverancia, el hombre conseguirá llegar a una concentración que le capacitará para alcanzar el autocontrol necesario para desarrollarse con integridad dentro de las artes marciales, consiguiendo un elevado grado de seguridad en sí mismo, tanto física como mentalmente.

Pese a que su nombre nos parece llevar a pensar en técnicas violentas de guerra, la realidad es que son sistemas defensivos, donde no se utiliza la fuerza bruta, sino que se utiliza la misma intensidad del atacante en su contra. Esto nos lleva poder aplicar a las leyes del Karma. Si alguien agrede contundentemente, recibirá respuesta en la misma medida. Un practicante debe vivir con honor y respeto a los demás, defendiendo de la misma manera estos valores para sí y para los que le rodean, para
conseguir, así, un mundo de paz y armonía. Es por esto, que ante una injusticia, no debe desfallecer y deberá repeler el ataque con contundencia y sin miedo.

La venganza, el odio, la intolerancia, la cólera, la ira, la mezquindad, la fragilidad o la envidia, son algunos de los conceptos que no tienen cabida en los practicantes de estas antiguas artes. El desarrollo del cuerpo, la mente y el espíritu, hasta llegar a una perfecta fusión entre ellos, consigue que los años de entrenamiento y sacrificio, más que un factor en contra, se conviertan en aliados para su práctica, a pesar de la edad.

Las estudiadas técnicas físicas, sumadas a la práctica de técnicas meditativas, facilitan el uso de la energía vital ‘Ki’, alimentada con la energía propia del entorno. Así, se logra poder repeler un fuerte
ataque, con un mínimo esfuerzo. Es por todo ello que, gracias a una larga vida de práctica, los grandes
maestros puedan seguir estando por encima del nivel de cualquier joven practicante.

Artículo firmado por: Aurora Vallès. Si lo desea, puede ponerse en contacto con ella en la siguiente dirección de email: aurora@energiaysanacion.com

Me encanta coger el coche y perderme durante horas por carreteras secundarias. Karateka en excedencia, escritor de obras amenas y en ocasiones, desternillantes. Informático 3 en 1 -diseñador, programador, administrador de red-. Padre, marido, taxista familiar. Criptomaníaco convencido.

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